• octubre 14, 2011


    Recordada


    Sabía que empezaría por el final, y el final parecería la muerte para estos ojos. Estaba
    Advertida. No estos ojos. Mis ojos. Míos. Esto que soy ahora. El lenguaje que me encontré usando era extraño, pero tenía sentido. Picado, encajado, Ciego y lineal. Increíblemente tullido en comparación con otros tantos que he usado, me Las arreglo para encontrar fluidez y expresión. A veces es bonita. Mi lengua nativa. Con el verdadero instinto de los de mi raza, me vinculé firmemente en el centro del Cuerpo de pensamiento, me entretejí ineludiblemente en toda su respiración y reflejo Hasta que no haya un ente separado. Era yo. No el cuerpo, mi cuerpo. Sentí que la anestesia se pasaba, y la lucidez tomaba lugar. Me preparé para el violento Ataque de mi primer recuerdo, el que realmente era mi último recuerdo–el último Momento en que el cuerpo tuvo la experiencia, la memoria del fin. Estaba bien Preparada, perfectamente advertida de que iba a pasar ahora. Esas emociones humanas Podían ser fuertes, más vitales que los sentimientos de las otras especies en las que Había estado.
    El recuerdo vino. Y, aunque estaba advertida, no había nadie que pudiera estar Preparado para aquello. Me quemé con colores afilados y sonidos zambates. Frío en su piel, dolor asiendo sus Miembros, quemándolos. El sabor era ferozmente metálico, en su boca. Y allí estaba el Nuevo sentido, el quinto sentido que nunca tuve, que tomó las partículas de aire y las Transformó en extraños mensajes y placeres y advertencias en su cerebro–olfato. Eran Molestos, confusos para mí, pero no para la memoria de ella. El recuerdo no tenía Tiempo para la novedad del olor. El recuerdo sólo tenía miedo. El miedo la encerró en un vicio, aguijoneando como un cuchillo, los miembros torpes Hacia delante, pero obstaculizándolos al mismo tiempo. Escapar, correr–fue todo lo que Pudo hacer.

    He fallado
    El recuerdo que no era mío fue tan terriblemente fuerte y claro que escapó a mí Control–abrumada la imparcialidad, el conocimiento me dijo que era sólo un recuerdo y No yo. Aspiré el infierno que era el último minuto de su vida. Fui ella y estábamos Corriendo. Está muy oscuro. No puedo ver. No puedo ver el suelo. No puedo ver mis manos, Extendiéndose enfrente de mí. Corro ciega e intento oír la persecución que siento detrás de mí pero mi corazón es demasiado ruidoso, ahoga todo lo demás. Hace frío. No debería importarme ahora, pero duele. Tengo mucho frío. El aire de su nariz era molesto. Malo. Olía mal. Por un segundo, ese malestar me libró del recuerdo. Pero fue solo un segundo, y entonces estaba allí de nuevo y mis ojos llenos de lágrimas de horror. Estoy perdida, estamos perdidas. Se acabó. Están justo detrás de mí, ruidosos y cercanos. ¡Hay muchos pasos!
    Estoy sola. He fracasado. Los Buscadores están llamando. Me voy a poner enferma. El sonido de sus voces revuelve mi estómago.
    “Está bien, está bien,” miente uno, intentando calmarme, reduciendo mi velocidad. Su voz esta distorsionada por el esfuerzo de su respiración.
    “¡Ten cuidado!” grita otro como advertencia.
    “No te dañes a ti misma” suplica uno de ellos. Una voz profunda, llena de preocupación.
    ¡Preocupación! Un golpe de calor en mis venas y un violento odio casi me estrangula. Nunca he sentido una emoción como esta ni en todas mis vidas. Por otro segundo, mi repulsión me sacó del recuerdo. Alto, estridente y agudo perforó mis oídos y martilleó en mi cabeza. El sonido araño a través de mis vías respiratorias. Hubo un débil dolor en mi garganta.
    Gritando, explicaba mi cuerpo. Estás gritando. Me quedé helada de aturdimiento y el sonido paró bruscamente. Eso no era un recuerdo. Mi cuerpo– ¡Ella estaba pensando! ¡Hablándome!
    Pero el recuerdo era muy fuerte, en ese momento, más que mi asombro.
    “¡Por favor!” gritaron ellos. “¡Hay peligro en frente!”
    “¡El peligro está atrás!” les respondí.
    Pero vi a lo que se referían. Un enclenque raudal de luz, viniendo de quien sabe donde, brilló al final del vestíbulo. No es el muro del edificio o la puerta cerrada, la muerte final que temía y esperaba. Es un agujero negro. El hueco del ascensor. Abandonado, deshabilitado y como este edificio. Una vez fue un lugar donde esconderse, ahora una tumba. Una oleada de alivio me inundó. Hay una manera. No una manera de sobrevivir, pero tal vez una manera de ganar.
    ¡No, no, no!
    Este pensamiento era todo mío, y luché por salir fuera de ella, pero estábamos juntas. Y corrimos hacia el borde de la muerte.
    “¡Por favor!” los gritos eran más desesperados.
    Tuve ganas de reír cuando supe que era lo bastante rápida. Imaginé sus manos, intentando cogerme a escasos centímetros de mi espalda. Pero soy tan rápida como necesito ser. No paré al final del suelo. El agujero subió hasta cubrirme por la mitad. El vació me traga. Mis piernas se sacuden, inútiles. Mis manos agarran el aire, a través de él, buscando algo sólido. El frío me golpea. Oí el ruido sordo antes de sentirlo… el viento soplaba…Y entonces dolor por todas partes… el dolor lo era todo.
    Hazlo parar.
    “No es lo suficientemente alto” me susurré a mi misma a través del dolor. ¿Cuándo parará el dolor? ¿Cuándo…? La negrura se tragó la agonía, y me desperté débil con gratitud de que el recuerdo hubiera llegado al final de sus conclusiones. La negrura lo tomó todo y fui libre. Respiré para calmarme, como este cuerpo tenía costumbre. Mi cuerpo. Pero entonces el color volvió apresuradamente, el recuerdo se alzó y me tragó de nuevo.
    “¡No!” me aterré, temiendo el frío y el dolor y al miedo mismo.
    Pero este no era el mismo recuerdo. Este era un recuerdo sin recuerdo-un recuerdo agonizante- de alguna manera, más fuerte que el primero. La negrura lo tomó todo de nuevo: el recuerdo de un rostro. El rostro era tan ajeno a mí como un desconocido, la serpentina de tentáculos de mi último cuerpo era el huésped de este nuevo órgano en que me había convertido. Había visto este tipo de caras en las imágenes que cogí para prepararme para este mundo. Era difícil verlos por separado, ver las minúsculas variaciones de color y forma que eran las únicas formas de individualismo. Más de lo mismo, todos ellos. Narices centradas en mitad de la esfera, los ojos más arriba y las bocas más abajo, las orejas a los lados. Una colección de sentidos, tacto, concentrado en un lugar. La piel alrededor de los huesos, el pelo creciendo en la coronilla y extrañas líneas peludas sobre los ojos. Algunos tenían más pelo debajo de la mandíbula; estos eran siempre machos. El color iba en la escala del marrón desde el crema pálido a más oscuro, casi negro. A parte de esto ¿cómo diferenciar uno de otro?
    Esa cara la hubiera reconocido entre millones. El rostro era un rectángulo duro, la forma de los huesos fuerte bajo la piel. El color era luminoso, marrón dorado. El pelo era unos tonos más oscuros que la piel, excepto donde los reflejos rubios brillaban, y eso solo cubría la cabeza y el extraño pelo sobre los ojos. Los irises circulares en los blancos globos oculares eran más oscuros que el cabello, pero, como el pelo, manchados con luz. Tenía pequeñas líneas alrededor de los ojos, y sus recuerdos me dijeron que las líneas eran de sonreír, y mirar al sol. No sabía nada de lo que pasaba con la belleza con esos extraños, y entonces supe que ese rostro era hermoso. Quería seguir mirándolo. Tan pronto como me di cuenta de ellos, desapareció.
    “Mío”, dijo la ajena voz que no debería existir.
    De nuevo, estaba congelada, aturdida. Allí no debería haber nadie más que yo. ¡Y entonces ese pensamiento fue tan fuerte y consciente! Imposible. ¿Cómo podía ella estar aquí? Ella era yo ahora.
    “Mío”, me reprochó ella, el poder y la autoridad que me pertenecían sólo a mi fluía a través de la palabra. “Todo es mío”.
    Así que, ¿por qué estaba respondiéndole? Me preguntaba como las voces interrumpían mis pensamientos.

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